Lobo
Lobo era un perro alsaciano con unas quijadas fuertes como las de un león; robusto, grande y poderoso. En su barrio no existía un solo can que se opusiera a sus designios. Su nobleza solo era equiparable a sus actos de bondad. Y a sus ojos de distinto color, el izquierdo amarillo como el sol y el derecho azul como el hielo y así te hacía sentir según con cual te mirara.
Lobo había sido rescatado de las estepas de Siberia; algunos dicen que vivía con lobos de verdad, otros que los mismos lobos le temían.
Se adaptó a vivir a las órdenes de Gorki un humilde leñador de Torkati y le era tan fiel como se puede ser o más incluso.
La mañana que ocurrió era una día como cualquiera en Torkati. Las fuertes nevadas de febrero mantenían cubierto con un espeso manto blanco el paisaje y en realidad podía decirse que solo había ya dos colores el blanco cubriendo la tierra y el gris mortecino del cielo.
Gorki tenía un pequeño chalé y junto a éste estaba el depósito de madera para trabajar y donde también almacenaba leños para la chimenea.
Eran las diez de la mañana de un domingo y como la temperatura no subía de menos quince grados Gorki decidió que necesitaría más leña para avivar el fuego. Lobo reposaba tranquilo junto al fuego. Gorki se abrigó bien y salió camino del almacén. Lobo resoplaba fuerte por su hocico y entretenido miraba al fuego oscilar ante él. Por lo demás, aparte del chirrido del viento al rozar contra los listones de madera de la casa y el que producía un viejo y conocido ratón al roer los durmientes del piso todo estaba tranquilo.
Lobo se estiraba recreándose con el olor de la resina de la madera recién cortada cuando un nuevo y penetrante olor se sumó a los ya por él conocidos. Recordó ese olor. Era un olor que ya no olía desde hacía mucho; un olor a muerte. De inmediato el pelaje de su espinazo se le erizó por completo mientras su hocico se fruncía y replegaba de forma irritada a la vez que emitía un agrio gruñido.
La puerta estaba cerrada pero las ventanas no tenían echadas las contraventanas. Por allí salió Lobo volando como un rayo y jamás sabremos si la escena que se encontró en el almacén era la que imaginaba ver. Pero según los indicios de la investigación llevada a cabo posteriormente, cuando Lobo apareció el tigre ya había tumbado al hombre y se disponía a causarle el fatal mordisco de gracia.
Lobo nunca se arredraba ante nada, y ni siquiera su instinto le indujo a pensárselo dos veces. Se arrojó sobre la fiera de forma que el primer envite lo ganó él. El tigre sorprendido abandonó a su presa y se vio obligado a retroceder. Pero la muerte blanca había venido a cobrarse una víctima y no iba a cesar hasta obtener su macabro triunfo. La lucha fue encarnizada, pero desproporcionada entre una bestia de más de trescientos kilos y un animal de no más de cien. Tanto que lobo, antes de morir, le arrancó una oreja y jirones de piel a su contrincante, el cual se retiró al bosque también malherido y sin el cuerpo de su víctima.
Eran las once de la mañana; todo el mundo pudo oírlo. Un aullido hondo y penetrante rasgó el viento y conmovió los corazones de los habitantes de Torkati.