| Rummm… Rummm… Rummm. Trakla, trakla, trakla…. Martín Prieto abrió
los ojos a un nuevo día y se levantó de la cama. Hacía un sol espléndido,
un rayo de luz que atravesaba su habitación dividiéndola en dos trazos
desiguales corroboraba su impresión. Se asomó al ventanal que daba a
la vega donde se extendían las cosechas de maíz y cebada. Había polvo
por todas partes. Las grúas habían empezado a hacer su trabajo y destrozaban
sin miramientos los verdores de la naturaleza. La civilización llegaba
veloz. Sólo dos semanas habían tardado los regidores de la comunidad
en planificar el nuevo trazado de la M-90. Volvió la vista hacia la
izquierda y allí estaba la vieja vereda que durante más de treinta años
había usado para ir a visitar la casa de Susana. Aún no la habían tocado,
pero no tardarían en hacerlo y entonces Susana y con ella todo el pasado
de su vida se desmoronaría en un abrir y cerrar de ojos. Y de no haber
existido Susana ¿qué habría sido su vida? se preguntó de repente. Resulta
inquietante pensar como a veces una persona puede marcar el destino
de la vida de otra. Y a él le había sucedido así. Susana sin duda le
había dotado de la fe la fuerza y las alas necesarias para sobrevivir
en este mundo. Y sin embargo ahora apenas faltaban minutos para que
la brusca sacudida de un poderoso brazo metálico segara su unión y sin
ella… ¿qué le quedaba ya a Martín Prieto? Los ochenta y cuatro años
que soportaban sus huesos eran un récord casi inimaginable para él.
Jamás había soñado con la posibilidad de alcanzar semejante longevidad
pero sabía que si aún estaba ahí sin duda era gracias a ella. Volvió
a mirar la vereda y ahí estaban, sesenta años antes, él y ella subiendo
el repecho que conducía a la iglesia de Don Juan, cargados con los fardos
de arroz, las pesadas bíblias y los libros de estudio; jóvenes, fuertes
y alegres. Volvió a mirar la vereda, ahora treinta años después, cuando
marchando hacia el norte se perdía en el horizonte camino de otras ciudades.
Y él, al igual que muchos chicos del pueblo anheló recorrerla, pero
jamás pasó más allá de la casa de Susana. No, nunca fue capaz de despedirse
de ella o de escupir falsas promesas de retorno y sobre todo viéndola
allí cada día, tan pura, tan fresca, recostada sobre el marco de su
ventana. Después de un tiempo Susana se fue. Volvió al cabo de unos
años. Se había desposado con otro hombre, era un afable granjero del
norte, pero nada había cambiado y él siguió esperándola. Por alguna
razón sabía que su vida estaba ligada a la de ella y que no podría amar
a nadie más. Domiciano, el marido de Susana murió en un triste accidente
de moto. Ella tardó en superarlo, pero transcurridos algunos años volvieron
a ser los de antes; es decir, a estar juntos. Cada cual en su casa,
pero juntos… Así fue como Martín Prieto vivió enamorado toda su vida
y ahora la civilización llegaba veloz, con el antifaz de la muerte estampado
en los brazos metálicos de sus magníficas máquinas. Y también con un
recado letal escrito en aquella hermosa mañana de mayo... |