Tengo algo que perder?
Me llamo Samud y soy de un país subsahariano, no diré cual porque no viene al caso. Si os cuento lo que a continuación oiréis salir de mí boca no lo hago para que os apiadéis de mí y tampoco del ser humano en general, puesto que después de lo sucedido tengo bastante claro hasta qué extremos alcanza la naturaleza irracional de nuestra especie. Ni tan siquiera lo hago para reconciliarme conmigo mismo, sino para vomitar una vez más esa especie de bola de bilis que parece haberse instalado a medio camino entre mi esófago y la garganta y olvidar y así poder seguir viviendo la suerte de vida que me ha tocado en gracia vivir. Aquel amanecer o madrugada éramos cincuenta… seres. Sí, ya que ni siquiera se nos podía llamar hombres, puesto que en el mismo momento en que dejamos atrás nuestros países de procedencia abandonamos esa supuesta condición. Ahora, si nos llamaban de alguna forma era más bien fugitivos, o parias. Y era así porque tal vez alguien o algo nos había convertido en eso. ¿La vida, su dureza y sus maltratos o los políticos de un país sin espíritu? No lo sé. Pero sí sé que vivíamos al filo de la navaja. ¡Como hienas! No, peor aún. Puesto que un animal al fin y al cabo tiene su código de ética y a nosotros ni de eso nos quedaba ya. Alimentándonos de desperdicios y peleando entre sí y en muchos casos, delante de nuestras familias. En el campo del monte Gurugú viví mi peor experiencia. No lo sé, no entiendo cómo en pleno siglo veintiuno y en el seno de supuestos países “democráticos” puede existir un lugar semejante. Nunca conocí un ghetto pero si hoy existe algo parecido o peor sin duda es aquel lugar. Un sitio donde se juntan las bajezas del ser humano y donde los críos que por naturaleza son buenos por fuerza se vuelven malvados. De verdad. Allí dejé parte de mi vida. Luego, recuerdo la primera vez que alcancé las playas del norte y respiré su olor acre y salado. Quise volverme atrás. Pensé que el mar era indestructible; interminable, y un sentimiento de pavor invadió mi cuerpo. El océano era más duro que yo y también estaba mejor preparado para sobrevivir. Y en eso no me equivoqué. Pero estaban las cartas de Alama. El mazo de cartas que poco a poco había ido recibiendo desde… ¿España? Todos hablaban de Europa. Y de países en los que gracias a sus riquezas inmensas había comida y casa para todos… Cincuenta seres temblando y moqueando en una frágil patera a las seis de la madrugada. Rodeados de un mar que pronto se volvió más oscuro que mi piel. Enseguida me di cuenta del peligro que aquello encerraba. Era una trampa mortal. Un viento infernal nos recogió y arrastró mar adentro como si fuéramos una simple brizna de paja. Solo tuve que mirar una vez al timonel marroquí para darme cuenta de su impotencia. Entonces me fijé directamente en sus ojos, me imploraban ¿piedad? ¡Piedad de qué! ¿De su ambición? ¿¡De su terrible irresponsabilidad!? A las siete sonó el chasquido. Fue como si partieran el corazón de la barcaza en dos. Alguien gritó. ¡Nos hundimos! ¡Nos hundimos! Y luego. ¡Al agua! ¡Todos al agua! Pero… ¿cómo tirarse al agua cuando no se sabe nadar? Era la muerte. Por eso nos agarrábamos. Nos agarrábamos los unos a los otros como desalmados y gritábamos como chiquillos. Sí, hasta los muchachos eran más valientes que yo. Claro… Ellos eran los únicos que habían aprendido a nadar en el puerto durante los meses de espera. Uno dijo. Mira mamá… ¡Máma! ¡Allí está la playa! Y… ¡Dios!, era cierto. Estábamos muriéndonos ahogados a solo veinte metros de las rompientes. Pero eso era suficiente para seres aterrorizados que no saben nadar. En medio del tumulto, le dije a un chico. ¡Te doy veinte dirhams si me alcanzas hasta allí! Y me llevó. A esas alturas veinte dirhams para un chico de quince eran todo un tesoro y haría lo que fuera. Y creo que, no a su madre, pero hasta se dejó algún pariente. A la mañana siguiente supe que de cincuenta habían muerto treinta y siete o treinta y nueve, qué más da. Y todos al borde de la playa… En fin estoy vivo y ¿acaso tengo algo que perder? Sopla un buen viento aquí arriba. Un viento cálido y húmedo que barre la cima del monte Gurugú…