| T. L. D. ingresó en la habitación 234. Padecía una enfermedad extraña y desconocida no infecciosa que poco a poco le había ido mermando sus facultades retentivas; es decir la memoria.
Cuando ingresó la policía lo había hallado vagando por el Parque del Oeste sin rumbo fijo. Al registrarlo no le encontraron ninguna documentación que lo identificara y él tampoco supo decirles su nombre, dirección o nacionalidad; ni tan siquiera qué hacía deambulando por allí enfundado en un ridículo traje espacial como el de los primeros astronautas de los años sesenta.
Le pusieron T.L.D: “Todos Los Días”; porque se pasaba los días componiendo puzzles, cada vez más complejos, que le entregaban. Y cuando no armaba puzzles lo único que lo entretenía era observar con expresión atónita por la ventana, sobre todo por las noches, y siempre con la vista orientada en dirección, a la luna.
Su caso salió en toda la prensa nacional donde, mofándose de él, lo llamaron el “Lunático Perdido.” Pero el caso es que, pasados más de seis meses, ningún familiar o amigo lo reclamó o reconoció y cayó en el olvido.
Pero T.L.D. seguía allí, en la 234; y ahora se dedicaba a componer una media de cinco rompecabezas diarios hasta que se olvidó de hablar las últimas palabras que reconocía. Aunque curiosamente y con la precisión milimétrica de un autómata, continuaba haciéndose la cama el solo, aseándose y haciendo sus necesidades sin ayuda alguna.
Pasado un año T.L.D. era capaz de componer cincuenta puzzles de 500 piezas diarios y la gente, otros enfermos, y familiares de Enfermeras Médicos y Auxiliares, comenzaron a enviarle muchos más, solo que ahora empezaron a ser puzzles esotéricos, en los que él vaticinaba el futuro de los individuos según fuera su horóscopo o carta astral.
Transcurridos tres años T.L.D. era capaz de descifrar los misterios de la vida y muerte de un determinado individuo interpretando el número de piezas de un especifico tipo de acertijo, según en qué orden las fuera ordenando sobre el tablero. Y transcribía todo mediante signos en código Morse, pues ya no empleaba ninguna otra forma de expresión.
Transcurridos diez años T.L.D. era el enfermo más decano del hospital y como condecoración recibió un enorme puzzle de 600.000 piezas; lo finalizó en apenas tres días.
Al cabo de cinco años más su fama como adivino y artista de pasatiempos trascendía las fronteras del país y una exitosa multinacional de informática lo retó a que compusiera un gigantesco puzzle antes que su multifuncional ordenador “Deep Master Giant III.” El reto consistía, además, en lograrlo sin conocer de antemano cual era la figura que se debía componer y el puzzle estaría formado por más de dos millones de piezas.
Por primera vez el rictus de T.L.D. pareció variar su expresión rara vez inmutable. Dio orden por Morse de que lo dejaran solo en la habitación con una provisión de agua y alimentos para no más de – y ahí logró asombrar y agitar hasta el punto de que los informadores del mundo entero lo llamaron “farsante” y “pretencioso.” – ¡cinco días! Pero al final sus exigencias fueron acatadas y T.L.D. quedó retirado del mundo a su antojo.
Transcurridos apenas dos días la multinacional propietaria del potentísimo ordenador “Deep Master Giant III” anunció al mundo que la máquina había finalizado con éxito su trabajo y a continuación más de un millar de reporteros y fotógrafos de todos los rincones del mundo se agolparon tras la puerta de la habitación 234; aguardaban ser testigos de primera fila de la derrota de TLD. Pero cuando llamaron a la puerta para su sorpresa nadie contestó ni abrió; puesto que estaba cerrada por dentro. Sólo después de llamar con reiterada insistencia se hizo necesario que un empleado se presentara con una llave maestra y la abriera. Los primeros en abrirse paso y entrar fueron el director del hospital acompañado del director de la multinacional oponente y de altos cargos de la ciudad; y cual fue su sorpresa al encontrarse con el enorme puzzle compuesto y que abarcaba todos los extremos de la habitación. Pero mayor fue su sorpresa al no hallar por ningún lugar a TLD. De forma misteriosa había logrado evadirse pero ¿cómo lo había hecho permaneciendo con la puerta cerrada y vigilada las veinticuatro horas del día y además en las alturas de un octavo piso? Sólo entonces se fijaron con detalle en el dibujo que conformaba el gran rompecabezas; y vieron que no se trataba de un dibujo, sino de una foto milimétrica y precisa del satélite de la tierra: La Luna. Aunque aún se sorprendieron más cuando junto a un enorme y rugoso cráter descubrieron un fragmento de papel escrito en código Morse. Con rapidez y ansiedad ordenaron se presentara el descifrador de claves. El cual una vez hubo leído, tradujo lo siguiente:
¡Hola a todos! Aquí estoy... Ah, y por cierto, me parece que gané el reto. Si ha sido así remítanme el premio a esta dirección:
Cráter 234.
Astro: La Luna S.A.
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