El anciano árbol
 
Había una vez en un lindo bosque un árbol viejo y desgastado, era un árbol tan oscuro que nadie se acercaba a él... Sólo una chica era capaz de sentarse debajo de sus hojas para protegerse del calor del sol. Cada tarde esta chica, María, acudía allí y se sentaba justo en el mismo lugar y así pasaba muchas horas. Dicen los pajaritos que se le oía reír animadamente y muchas veces hasta llorar, mas lo extraño es que siempre hablaba con alguien... Un día, una ardilla muy curiosa se escondió cerca del árbol para escuchar qué era lo que hablaba aquella chica y lo más importante, con quién... Al cabo de un rato, la ardilla se alejó y no contó a nadie lo que había escuchado, los animales del bosque se enfadaron mucho porque todos ansiaban saber lo que escondía aquel árbol. Así pasaron los días, semanas y hasta meses. Cada tarde María acudía al bosque en busca de la compañía de aquel anciano árbol, nadie entendía porqué acudía a él en lugar de estar con las chicas de su edad, era tan joven... Al parecer aquel árbol le daba algo que el resto del mundo no le aportaba, algo que para María era más importante que cualquier otra cosa. Aquel árbol tan viejo la escuchaba, la valoraba y la quería... Y así, María era feliz, compartiendo su tiempo con su gran amigo el árbol. Los animales y el resto de los árboles, no entendían aquella amistad y sentían verdaderos celos, así que decidieron hablar con aquel árbol... Le dijeron tantas cosas... Lo convencieron de que aquella amistad no podía ser, de que sólo causaría daño a María porque el resto de las chicas no llevaban bien aquella amistad con el viejo árbol... Aquella tarde cuando María acudió al bosque recibió el golpe más duro de su vida, su árbol adorado había decidido que ya no le permitiría protegerse del sol bajo sus hojas, había decidido que María estaría mejor con chicas de su edad... Mas el anciano árbol olvidó preguntarle a María qué era lo que le haría más daño a ella, olvidó preguntarle que pesaba más en la balanza de su vida. A partir de aquella tarde nunca más se volvió a ver a María en aquel lugar, el anciano árbol lleno de tristeza perdió cada una de sus hojas y sus raíces cada vez se hicieron más débiles. Los animales del bosque sintieron lástima de verlo así, mas nadie hizo nada por ayudarlo, nadie podía ayudarlo porque nadie podía hacer que María regresara... La ardilla curiosa que aquel lejano día había escuchado a María hablar bajo la sombra del viejo árbol, se decidió a hablar. Contó a sus amigos que María aquel día le contaba su vida al anciano árbol y le pedía un deseo... Les contó cuanto había sufrido aquella chica a lo largo de toda su vida y lo importante que había sido para ella encontrar a aquel árbol en el camino de su vida. El sueño que María había pedido al anciano árbol era el de su amistad, no ansiaba nada con tanta fuerza como conocer la amistad verdadera de la mano de aquel árbol tan especial para ella. Todos los animales se sintieron muy culpables por haber roto un sueño tan bello y tan inocente. Mas, ya era muy tarde, ya el daño estaba hecho y al árbol solo le quedaba acostumbrarse a vivir con la pena de su alma. En otro rincón del mundo María lloraría toda su vida la pérdida de su sueño más anhelado, nada podría cubrir la ausencia de alguien tan importante en su vida. Esto también ocurre en la vida real, también existen amistades que el resto del mundo no entiende, amistades que se marchitan por culpa de personas ajenas a ellas. La amistad verdadera no entiende de razones y es capaz de sobrepasar cualquier obstáculo de la vida, mas el daño que pueden causar en ella puede llegar a ser irreparable. “Luchemos por nuestros sueños aunque el mundo entero se oponga, merece la pena.” “No permitas que el mañana te depare la lejanía de la amistad verdadera.”