El super
Relato escrito por Yavanna

Era un supermercado como otro cualquiera. Largos pasillos amontonando cientos de cosas en los que nunca se podía encontrar lo que se buscaba. Al fondo, un pequeño mostrador con cajas de lechugas y boniatos; una ristra de cajas desordenadas repletas de tomates, pepinos, cebolletas y una especie de fruto extraño que nunca nadie compraba, seguramente porque nadie acertaba a adivinar que podía ser aquello.

María siempre se dirigía hacia allí en primer lugar, incluso cuando no necesitaba ni un mísero tomate. Tal vez intentaba descubrir algún día el origen de aquel fruto ovalado que tanto la intrigaba. A veces cruzaba una mirada cómplice con alguna compañera de cola, tratando de intuir si ella sería la responsable de que ese día regresase a su casa habiendo resuelto el misterio.

El frutero era un hombre bajito y calvo. Llevaba una bata blanca con un bolsillo descosido que siempre acababa enganchándose en algún lugar. Se movía pausadamente de un lado a otro del mostrador y sonreía. A María se le antojaba que más que una sonrisa de amabilidad, aquello era un pequeño gesto sarcástico por saber tan bien guardado su secreto. Aquel pequeño hombrecito llenaba poco a poco bolsas y más bolsas de hortalizas, que al final acababan asomando por algún resquicio.

María colocaba cuidadosamente su compra en un rincón del carrito, y se dirigía sin mediar palabra al mostrador de la izquierda, donde un joven de ojos distraídos cortaba con desparpajo enormes filetes y los amontonaba en un arcón a la espera de hambrientos clientes. A veces ella se detenía allí. No era demasiado amiga de la carne, al menos no de la carne muerta. Pero siempre observaba a aquel joven, tal vez prendada por esos ojos jóvenes que no la miraban nunca.

Todo era rutinario, y siempre acababa su compra con más rapidez de la que es habitual en una mujer no demasiado ocupada. Se dirigía a la caja con el carro cargado y pensaba: -¡Dios mío!, ¿Cómo está tan lleno? ¿Todo lo he puesto yo?- Pero no tenía tiempo de meditar más el asunto por que inmediatamente el cajero, comenzaba a desparramarlo todo sobre la cinta, pasándolo rápidamente al otro extremo. No podía perder tiempo, aquel chico era muy veloz, y ella apenas podía pensar mientras empaquetaba tan apresurada.

El cajero era un muchacho delgado, muy delgado. Apenas unos centímetros más alto que ella. Su bata de faena normalmente andaba mal abrochada, y María solía fijarse en su vestir desaliñado, y en el poco garbo con que se ceñía los pantalones con un cinturón gastado que bien poco cumplía su función. Se reía para sus adentros, imaginando a la pobre mujer que tratase de mantener sus camisas planchadas y de obligarle a llevar los dos calcetines del mismo color. Le divertía imaginar que algún día él encontraría a una mujer bajita y regordeta que le mirase con semblante tierno, sin preocuparse por su desaliño. Y sumida en esos pensamientos, continuaba empaquetando aquellas cosas, la mayoría inútiles, que antes habían llenado su carro.

-Su cuenta señorita- Él siempre la miraba entonces. María sacaba a regañadientes su monedero, y comenzaba a arrepentirse de su paseo por el interior del súper. Después de pagar, se arreglaba un poco la falda, y meditaba cuidadosamente como cargar todo aquello y no morir en el intento.

Ya en su coche, se dirigía impaciente a casa, para vaciar semejante despliegue de compras y llenar todos los rincones de su alacena. Y al hacerlo, buscaba entre las bolsas algo que sabía que encontraría, porque siempre estaba allí desde tiempo atrás.

La primera bolsa, y nada, solo las lechugas y esos tomates pochos que el frutero calvo le había colado en un descuido. La segunda bolsa... tampoco, allí solo estaban el café y las galletas. La tercera bolsa, la cuarta... ¡Sí!, ahí estaba. Casi oculta por un paquete de fideos asomaba una pequeña rosa roja. La sacó cuidadosamente, para no estropearla y la colocó en un vaso alargado que tenía junto a la hornilla.

Sonreía al encontrarla; le causaba un enorme placer saber que aquel jovencito desaliñado estaba loco por ella. Y siempre acababa inventando burlas, para aquel desatino. -¿te lo puedes imaginar pidiéndote una cita?- pensaba, y su sonrisa casi se tornaba carcajada, mientras acababa de colocarlo todo en su lugar.

Cada día regresaba allí, ¿Cuándo no falta algo que comprar? Cada día seguía meditando sobre aquel fruto misterioso mientras miraba de reojo al frutero calvo y a los tomates que le andaba despachando -hoy no me los cuela-, se decía para sus adentros. Y cada día al regresar a casa buscaba esa rosa, que siempre andaba revuelta entre la compra.

Aquella mañana, María se había enfundado en unos vaqueros muy ajustados. Le gustaba mirarse al espejo de perfil cada vez que se los ponía, pensando que aun podía lucir ese culo respingón que tanto atraía a los hombres.

No tenía nada especial que comprar, tal vez ni siquiera se acercase a comprobar que "aquello" seguía allí, junto a su amo calvo. Pasó de largo al jovencito de ojos dulces que seguía ensimismado entre chuletas y panceta reseca. Se dirigió al estante de los refrescos y cogió dos coca colas -¡Vaya! zumo de frutos tropicales, este es nuevo, lo probaré-

Se dirigió rápidamente a la caja. Había una señora gorda delante, con un carro repleto de mantequilla, embutido y dulces, y sonrió pensando en que seguramente tendría a su marido a régimen mientras ella se atiborraba a escondidas.

Al llegar su turno, colocó su escasa compra sobre la cinta, y se desplazó hasta el otro extremo para llenar la única bolsa que llevaría ese día. - Su cuenta señora- ¿Señora? La voz le resultó desconocida, y al levantar la mirada para ver de quien procedía, vio perpleja que en el lugar que siempre ocupaba su cajero delgadito, había una joven rubia, enfundada en una falda celeste, corta, muy corta y escandalosamente ajustada, que la miraba con cara de pocos amigos. -Señora, su cuenta, oiga, que hay cola- Sacó el monedero y le entregó unas monedas, cogiendo precipitadamente su cambio.

Mientras se dirigía a casa, pensaba en aquella falda tan corta, y en si ella podría introducirse en algo tan escaso. Entró en su apartamento, y como siempre se dirigió a la cocina para colocar la compra. Instintivamente miró el interior de la bolsa buscando... ¿buscando? No, hoy no encontraría nada, claro. No pensó más en ello

Abrió una coca cola, y mientras la bebía, clavó su mirada en el pequeño vaso, que aun contenía la rosa del día anterior. Sonrió.

Todos los días, buscaba alguna excusa para visitar el súper. Era fácil encontrar algo que comprar. Llenaba sus bolsas rápidamente ante la impaciencia de la rubia malhumorada, y ya en su casa, miraba el vaso y la rosa, que ya estaba mustia. Hasta aquel día en que sus pétalos se desparramaron sobre la encimera dejando desnudo un tallo grisáceo y seco. Los recogió con cuidado, y mientras lo hacia comenzó a recordar la cara de aquel muchacho. Le sorprendió descubrir en ella unos ojos azules en los que apenas nunca se había fijado, y un pequeño hoyito en la barbilla, que casi no se notaba. Recordó que sus delgadas manos no llevaban ningún anillo, y pensó que eran delicadas y con unas uñas muy bien cuidadas. No era lógico en alguien con tal desaliño. Pensó en él, durante largo rato, descubriendo en cada pensamiento gestos y rasgos en los que antes nunca había reparado.

Casi sin darse cuenta, cogió un libro de entre un montón arrinconado en el dormitorio, y colocó entre sus páginas los pétalos de aquella rosa. -Aquí estarán bien- susurró, pensando que allí permanecerían, aunque seguramente olvidados muy pronto, por el frescor de otra rosa nueva.

Las visitas al súper ya sólo se sucedían cuando eran realmente necesarias. Y no lo eran la mayoría de las veces. No alcanzaba a comprender por que antes si. Tal vez ahora que el frutero calvo, en un momento de debilidad desveló el secreto del fruto aquel, el súper ya no era tan interesante.

Se levantó temprano, y comenzó a acicalarse para ir a su trabajo, ese trabajo que le permitía a duras penas vivir en un pequeño apartamento de una pequeña ciudad de nadie sabe donde. Mientras se vestía, refunfuñó un poco al comprobar que ya no podía ceñirse en sus vaqueros. -Tengo que dejar de comprar galletas- pensaba, y siguió mirando en el espejo su perfil, enfadada con esos michelines que estaban empezando a atormentarla.

Aquel día, en su buzón, encontró un sobre más grande de lo habitual. Lo cogió con indiferencia, y lo abrió lentamente, imaginando su contenido. Lo estaba esperando hacía meses. Su empresa, una pequeña fábrica de tejidos, iba a desplazar sus oficinas a una ciudad al sur, y ella estaba esperando su traslado de un momento a otro. La verdad, no le importaba demasiado. Su apartamento amueblado nunca le gustó mucho, y en los tres años que vivió allí apenas había cruzado palabra alguna con sus vecinos. Este lugar no encerraba recuerdos, ni siquiera era bonito. Añoraba las largas avenidas de su pueblo natal, recorridas por árboles centenarios que casi no se podían sostener. Tal vez en su nuevo destino hubiese también árboles, aunque fuesen tan pequeños que no diesen sombra.

Empaquetó todo cuidadosamente. En realidad no eran demasiadas cosas. Cuando salió años atrás de su pueblo, lo hizo solo cargada de sueños, y en tres años había acumulado pocas pertenencias. -Los sueños ocupan poco espacio-, pensó.

Su primer día de trabajo en aquel lugar desconocido. Su primer contacto con nuevos compañeros.... Aquel moreno encargado de etiquetar los tejidos no estaba nada mal, no señor. Lástima que ahora sus vaqueros estaban en el armario después de inútiles intentos por enfundarse en ellos. Una mirada de aquel etiquetador morenazo y con cara pícara fue suficiente para que decidiese que a la salida del trabajo iba a comprar toneladas de lechugas y zanahorias para hacer el régimen más salvaje de su vida.

Mientras recorría el pequeño súper que encontró a dos manzanas del trabajo, no pudo evitar pensar que ya no vería mas a la estúpida cajera rubia que tanto odiaba, y eso la hizo reír, mientras un niño que andaba cerca la miró preguntándose que puede estar pensando un adulto que se ríe solo frente a una estantería de detergentes.

Era un súper pequeño, con solo dos calles estrechas llenas de estantes desordenados y el mostrador de la frutería tan escaso, que no podía imaginar que pudiese albergar ningún misterio. Se detuvo allí, y mientras esperaba su turno, hizo un cálculo rápido de las calorías que pensaba eliminar. Miró instintivamente el bolsillo del frutero esperando verlo engancharse en algún lugar, pero estaba perfectamente cosido a la bata.

Jamás había llevado un carro tan repleto de hortalizas. ¡Vaya si estaba dispuesta a entrar de nuevo en sus tejanos!

Se acercó a la caja, mirando distraída un paquete de galletas danesas. ¡Que tentación! ¡Sus favoritas! - No Maria, no... - pensó, y se colocó tras una jovencita no demasiado alta que llevaba tan solo una enorme sandía y varias botellas de refresco. Miró hacia la maquina registradora, tal vez con la curiosidad de saber si la ocuparía otra rubia malhumorada que la hiciese odiar aquel supermercado, y quedó atónita al encontrarse de pronto con la mirada de él, de aquel muchachito descuidado del que aún conservaba su última rosa.

Instintivamente bajó la mirada hacia el rincón izquierdo de la maquina sabiendo lo que buscaba, y si, casi oculta entre bolsas y rollos de papel de cálculo, asomaba una pequeña rosa, tan bonita o más que las que ella recordaba.

Sintió algo extraño, mientras le miraba distraído tecleando números precipitadamente y moviendo sus manos con la rapidez con que siempre solía hacerlo. Se fijó detenidamente en sus ojos. ¡Claro que eran azules! El pequeño hoyito de la barbilla, sus manos delgadas... Todo era como aquella vez que pensó en él tratando de recordarle. Los botones de su bata estaban abrochados de forma que sobraba un ojal por arriba y un grueso botón de un color extraño y casi descosido, por abajo. No pudo evitar sonreír, y pensar en desabrocharla para volver a colocar cuidadosamente cada botón en su lugar -¿y que hago con este de abajo que no entraría ni en la boca de un buzón?- Volvió a sonreír. Ya casi era su turno, y mientras la jovencita de la sandía trataba de introducirla en una bolsa que apenas contenía una parte de su diámetro, él levantó la mirada que quedó fija en ella, serena, como si siempre hubiese estado seguro de que algún día estaría allí de pié esperando su turno.

No dijo nada, solo se miraron un momento, y él comenzó a golpear de nuevo las teclas gastadas de la caja con su mano derecha mientras con la izquierda apartaba la compra.

El trayecto a su nuevo apartamento fue muy corto. Al llegar a él, se dirigió directamente a un pequeño armario de la salita donde guardaba el pequeño vaso. -¡Que sucio está!- Lo lavó cuidadosamente, sabía que hoy estaría de nuevo adornado, y mientras buscaba su rosa entre las bolsas pensó que ahora ya era responsable para siempre de aquel botón descosido.